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Alfredo Londaibere: yo soy santo



Alfredo Londaibere: yo soy santo

El Museo de Arte de Moderno de Buenos Aires presenta Yo soy santo, la primera exposición panorámica de su trabajo

Hasta el 23 de marzo de 2020
Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Para Alfredo Londaibere (Buenos Aires 1955-2017) la pintura podía concentrar toda la capacidad expresiva de un artista y toda la verdad sobre el arte. La pintura representó su lenguaje, su economía y su campo de acción. La exploró desde múltiples perspectivas a través de sus diferentes roles como artista, curador y docente, en torno a un sistema de trabajo con lógica gremial centrado en el oficio.

El Museo de Arte de Moderno de Buenos Aires presenta Yo soy santo, la primera exposición panorámica de su trabajo, con la curaduría de Jimena Ferreiro, que cuenta la historia de su devenir religioso a través de las imágenes que produjo en su camino, que tomó forma cifrada en su obra, que se hizo cuerpo en ella para luego fugarse en un fluir de la conciencia hasta volverse rezo, pensamiento e invocación. Como un portal, su obra se volvió bisagra entre dos mundos.

En sus obras confluyó el arte clásico europeo, el cristianismo primitivo, la pintura colonial barroca, las creencias paganas, católicas y afro-descendientes, los modernismos centrales y periféricos, oriente y occidente, la vanguardia y las apropiaciones locales, el sistema artesanal y las artes eruditas, la cultura de élite y el consumo popular. La pintura también le ofreció al artista un campo de investigación que exploró por medio de técnicas y materialidades diversas con las que revisitó los géneros tradicionales y, al mismo tiempo, se transformó en una herramienta para alcanzar un estado espiritual que se hizo cada vez más explícito en sus temas, en sus procedimientos y en su visión del mundo. Londaibere terminó haciendo de la pintura una religión personal y una procesión diaria.

Yo soy santo reúne un conjunto amplio de obras –muchas de ellas inéditas—, desde sus primeros dibujos a lápiz de tono surreal de los años setenta hasta sus últimos conjuntos de pinturas y collages realizados entre el año 2013 y su muerte, donde la inmediatez configuró un modo de hacer meditativo y centrado en el goce estético, que parece haber dejado atrás la impronta hermética de las series anteriores. También están presentes sus trabajos assemblages producidos con latas aplastadas, donde la belleza del consumo se ve afectada por efecto del descarte y el cirujeo. Estas obras reúnen algunas de las claves visuales de los noventa y comienzos de los 2000, entre ellas la recuperación de técnicas “menores” y materiales populares en la búsqueda de la restitución de su sacralidad. Exvotos, íconos sincréticos y una mezcla de brillo opaco y deforme, como la banda de alpaca que cubre sus pinturas, como los altares populares y las baratijas del Barrio de Once, tan misteriosos como dispuestos a su develamiento.